Compasión y compromiso

Fonte María José Atiénzar 04/05/2013 às 20h

“Cuando das un abrazo se desencadena una revolución”, dice José, voluntario social en una cárcel española. Nos dejamos tocar con las manos y con las palabras, es entonces cuando se intuye el sentimiento compartido, la compasión. Buen principio para iniciar una acción voluntaria pero insuficiente si hablamos de voluntariado serio y responsable. Para esto es preciso atravesar el puente del compromiso.

El fenómeno del voluntariado social, como una de las mejores formas de ejercer la solidaridad desde la sociedad civil es abordado desde diferentes perspectivas, la del sociólogo, el filósofo, el psicólogo y hasta hay expertos que lo observan como “yacimiento de empleo”.

Los místicos orientales y algunos científicos de la física cuántica afirman que los seres humanos somos una especie de imanes, y entre nosotros creamos campos de relaciones dentro de una única energía que todo lo contiene.

El voluntariado tiene uno de sus fundamentos en la relación yo-tú que han descrito los humanistas. En ella te llamo por tu nombre. El tú siempre tiene rostro y podemos captarlo a una distancia adecuada. Si estamos demasiado cerca lo invadimos, demasiado lejos, no lo vemos. Es una distancia precisa en la que se da el crecimiento conjunto, no la comunicación instrumental sino la existencial. Nadie es del todo yo ni tú sin el otro. Y si no hay ese don de uno mismo, habría subordinación.

“Si no llegas a ser tú para mí, eres un ‘él’, uno cualquiera. Entonces uso un pronombre indefinido y la relación se acerca a lo anónimo. En esa nebulosa impersonal se produce la pérdida del rostro. Poco más allá estaría la relación funcional, que cosifica y se vuelve inhumana, cuando no sólo instrumentaliza a las personas sino que llega a destruir. En esos casos, no suele quedar nombre ni dejar memoria: parece que el destruido nunca existió. Son los rostros del des-hecho, el desprotegido, el huérfano, el extranjero”, explica Carlos Díaz, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.
El voluntario, en la relación yo-tú, se hace transparente. Simboliza una serie de valores. Entonces se hace posible la suma de las miradas. Pero si a la relación le imponemos nuestra óptica y semejanza, pretendiendo atraer la atención hacia nosotros mismos y no hacia los valores que queremos encarnar y transmitir, entonces se trata de una relación donde nos presentamos como ídolos. De esa forma mataríamos las otras miradas, haríamos ciegos a los otros por habernos llevado la luz de sus ojos.

Si el voluntariado sólo dependiera de cuando existe una voluntad, puede que no siempre estuviera dispuesto. Hay que ir más allá, trascender el gesto y hacer de la solidaridad una forma de vida. Con palabras del filósofo Raimón Pánnikar “la solidaridad es una categoría antropológica del ser humano”.

Para ser un voluntario comprometido es necesario no moverse por impulsos sino desarrollar la voluntad, querer saber y saber querer. Estar ávido por entender la vida y comprender que a veces el entendimiento alumbra como las velas, derramando lágrimas. Y también es querer en el sentido de afecto, porque ¿de qué sirve una voluntad de acero sin alma?

Hay que saber reconocer los límites, saber esperar. Y para medir la voluntad, nada mejor que la acción. El voluntario comprometido no echa cuentas, hacerlo ya es en sí una derrota. Son mejores los libros de caballería que los de contabilidad, aunque las organizaciones tienen que cuadrar sus presupuestos.

“Cuando sólo te duele lo tuyo no eres capaz de ser voluntario. Si no te duelen las víctimas, las matas. Y es bueno cultivar nuestros talentos, porque de alguna manera, si no los cultivas, estás robando” dice el profesor Díaz. Por coherencia, el voluntario ha de ser austero, regalar o quemar el excedente en casa, ayunar de vez en cuando de la comida, de la televisión, y de conversaciones banales.

El sistema capitalista salvaje nos ha robado palabras. La economía habla de interés, beneficio, sacrificio, crédito, rédito, etc. Inter esse, bene facere, sacri ficio, credere. La economía es de alguna forma el arte de desarrollar la antropología, de rehacer el interés. Inter esse (ser entre). Lo que tenemos entre nosotros es lo que nos interesa; bene facere, hacer el bien, para ello hace falta sacrificio, hacer sagrado lo humano en vez de inhumanizarlo. Dar sin perder y tomar sin arrebatar. La economía es un momento privilegiado para la reciprocidad y la amistad. Si la economía no sabe decir tú, entonces es una declaración de guerra. Podemos inventar un tipo de economía que sí merece crédito, creer en el otro. Los voluntarios comprenden que la solidaridad es pasar del contrato a la alianza.

María José Atiénzar

Periodista

María José Atiénzar
Fonte María José Atiénzar 04/05/2013 ás 20h

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